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jueves, 22 de marzo de 2012

Villanos y hèroes en la historia



   Recuerdo que en la escuela primaria se nos enseñaba la historia como una pelìcula o capìtulos de una serie en la que habìa hèroes y villanos. Habìa personas muy pero muy malas y otras muy pero muy buenas. Todo esto me parecìa extrañamente parecido a las historias infantiles que leìa, como los cuentos de los hermanos Grimm que después se fusiló de Walt Disney, (Blanca Nieves, la Bella Durmiente, La Cenicienta).
   Con el paso del tiempo he ido aprendiendo que ni los buenos son siempre buenos, ni los malos son siempre malos. Tal vez los dos ejemplos màs notorios en la historia de Mèxico son Benito Juàrez y Porfirio Dìaz.
   A Benito Juárez se le glorifica como una gran héroe y a Don Porfirio, al menos cuando yo estudié, se le consideraba el malo de la película. De un tiempo a esta parte se ha puesto de moda que algunas personas ataquen a Don Beno y defiendan a Don Porfis. He tenido que pasar por varias lecturas y discusiones para apreciar en forma balanceada lo que cada uno de estos personajes tiene para ofrecer al juicio de la historia. Por cierto que mi primaria se llamaba (Y se llama todavía) Benito Juárez, en la colonia Roma. Ahí me aprendí el himno a Juárez, y me sorprendió gratamente encontrarme que todavía lo enseñan a los que estudian ahí. Clave secreta para identificarnos entre exalumnos.
Entre mis búsquedas en internet encontré un blog con un par de artículos que se me hicieron bastante interesantes, y que resumían en pocas palabras algunas conclusiones a que se puede llegar en el análisis de estos dos personajes de la historia mexicana. Espero les gusten.

El zapoteco y el mixteco parte 1

El zapoteco y el mixteco parte 2

1 comentario:

  1. El problema con los héroes de México, es que en los libros de texto, al menos en los que a mí me tocó hojear, los pintaban tan diáfanos como la inmaculada concepción, pero al pasar el tiempo, sus hazañas, bondad, benevolencia, lealtad y demás virtudes terrenales, requerían del dogma de la fe para seguir creyendo en ellas.
    Efectivamente, Don Beno se enfrentó a la iglesia católica, a los franchutes y a los conservadores, y se atrevió a rebanar el pastel para que al menos a los más jodidos nos tocaran algunas migajas, pero se pasó de lanza cuando, mostrando una ingenuidad que no me atrevo a concebir que la tuviera, se arropó en las barras y estrellas, que ya le habían cobrado su hospedaje, aún antes de que siquiera imaginaran que lo tendrían de inquilino.
    Por su parte, Don Porfiado, se reconcilió con los gabachos y mandó al demonio a los gringos, refugiándose en el gran capital europeo, para lograr una estabilidad de mano dura; que era urgente para consolidar el proyecto de nación, que muchas veces hasta que él llegó, parecía escaparse de nuestras manos. El gusto aun cuando le duró sus años, no fue lo suficientemente fuerte como para evitar que los gringos promovieran y manosearan una revolución, que se volvió simple reparto de botín entre bandoleros.
    Ambos Beno y Porfis cometieron excesos y tuvieron aciertos, cada uno motivado por diferentes razones y por diferentes intereses de grupo. Juárez aún en el lecho de muerte pretendía entronizarse en el poder que le arrebató a Maximiliano y Díaz simplemente se dedicó a ejercerlo con tremenda eficacia y dotes de gran administrador.
    Si nos tomamos el tiempo para escudriñar los momentos de la historia, sus protagonistas y sus motivos, la conclusión será la misma que la del principio: No fueron unas blancas palomas, pero tampoco unas pestes, y lo mejor de todo, es que el juicio de la historia, dependerá por siempre de la preeminencia de los grupos en el poder. De tal forma, que no sería raro que alguno de los grandes sinvergüenzas del presente o de nuestro pasado inmediato, que hoy enfáticamente repudiamos, apareciera de pronto entronizado en los textos historicos que nos depara nuestro futuro mediato.

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